martes, 3 de marzo de 2009

Muñeca de porcelana

Ella tenía una muñeca de porcelana sentada en el estante, al lado de un libro. Se la habían traído de algún viaje a Europa, alguna de sus tías lejanas desconocidas, creo. El atuendo de la muñeca tenía cuatro o cinco telas diferentes, todas muy prolijas y refinadas. Formaban un hermoso vestido de campesina. Alegres estampados florales, cintas a tono y finos encajes. El pelo trenzado en dos partes y atado con cintas al final. Los zapatitos pintados a mano. Sobre la cabeza un lindo sombrero a tono con un moño y algunas flores. Era una muñeca hermosísima. ¡Ah! Me faltó describir su cara, eso era lo que más llamaba la atención. Estaban pintados con un pincel extremadamente fino y la prolijidad y precisión de un verdadero artista; los razgos de la muñeca eran perfectos. Pero al mirar detenidamente su cara, te podías dar cuenta que esa perfección tan irreal estaba alterada. En la forma de los ojos de la muñeca se reflejaba tristeza y soledad, incomprensión, aburrimiento y casi parecía que se le salía una lágrima. ¿Será por eso que a veces ella se sentía tan comprendida? ¿Que se veía reflejada en los ojos sin vida de una muñeca de porcelana? A veces ella se quedaba un largo rato contemplando ese rostro perfecto e imperturbable que tanto la fascinaba y asustaba un poco a la vez. Pero entonces alguien la llamaba, recordaba algún asunto pendiente, o algo la distraía, y ella se levantaba y se iba, olvidando la tristeza que la muñeca de porcelana le había provocado en el rostro y llenándose de alegría y de vida. Entre tanto, la muñeca se quedaba en su lugar, quieta e imperturbable como siempre, ya que nada en el mundo habría cambiado su inmutable tristeza. ¿Era eso lo que asustaba a la chica? ¿Que pase lo que pase, la muñeca nunca cambiaría? ¿Que esos ojos vacíos nunca se iluminarían? ¿Qué esa boca perfecta nunca sonreiría? Por suerte ella podía ver y sentir todo lo que la rodeaba, dando su mejor sonrisa a la vida en el momento en que quisiera.

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