Se mueven con los dedos abiertos como si fueran membranas. Se desplazan tan lento que parecería que se encuentran bajo el agua. Sus ojos atraviesan el espacio, escrutando cada milímetro de la infinitamente blanca habitación, como si con la vista pudiesen penetrar a través de las paredes. Sus oscuros vestuarios contrastan tanto con el espacio que en un primer momento producen cierto encandilamiento.
Entonces se tropiezan, se caen, se tientan, y se rien tanto que tienen que empezar la escena de nuevo.
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