Sin que haga nada, la puerta se abrió, y como impulsada salí a un espacio que se extendía hasta perderse. Caminé sobre una superficie blanda y húmeda, pero nada asquerosa. Aparentemente, estaba descalza. Ellos ahí, ya estaban y no los había visto, pero no estaban y yo sí los veía. Una fila de personas infinita, todas de perfil a mí. Se sentaban y se paraban sin esfuerzo, qué cosa. Todos eran jóvenes, de entre 20 y 30 años, vestían informalmente y sus cuerpos (a pesar de la agilidad) estaban gastados. En determinados lugares, todos tenían manchas, ¿manchas? Vacíos, transparencias perfectas, lugares sin flesh. Los veo mejor, están cansados, gritan, lloran, suplican, que dejen de agujerearlos, digo por favor. Sentí un ardor en los tobillos, no quise mirar, y tampoco me uní a la fila de torturados.
Estaba ahí flotando, vi cómo las personas se abalanzaban sobre eso. Eso que parecía espuma de afeitar pero era seco, esa espuma de baño suave, nube, algodón de azúcar, burbujas, quién sabe. Vi eso que volaba hacia ellos, y se escapaba hacia arriba. Y ellos, haciendo un esfuerzo terrible, estirándose de una forma que nunca había visto en personas, tratando de atrapar esa cosa, aunque sea una porción mínima, esa cosa que se les escapaba de las manos. Y cuando alguno lograba agarrar un poco, presuroso lo llevaba hasta los lugares agujereados, lo esparcía, e impulsivamente se dejaba caer hacia atrás, rebotando numerosas veces en ese suelo que nos contenía. Yo traté de alcanzar también una porción. Fue inútil, no podía acercarme: el ardor de mis pies no me dejaba separarlos del suelo. Entonces imité a los otros humanos, y me tiré para atrás.
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