martes, 28 de septiembre de 2010

La habitación de la cortina hindú

En el preciso momento en que entré en la habitación de la cortina hindú, me di cuenta que estaba atrapada. Sólo eso era; cuatro paredes (una a mi espalda, tres enmarcada por aquella inmensa cortina color natural, tejida a mano), el techo, de vidrio, rajado como si algo (¿qué?) estuviera presionando lentamente, y sobre la pared del fondo, una creciente enredadera. en el piso, junto a la enredadera, hojas secas. Y pequeñas ramitas. Me aproximé lentamente, resignada. Eso, entre las plantas, lo que parecía una estufa en piloto llameó de pronto, sobresaltándome, por supuesto, y chamuscando algunas hojas.

Di un paso atrás. Por un momento pensé en rendirme, ¿qué más daba? Miré hacia atrás. La puerta seguía ahí... ¿por qué tenía la impresión de que podría desaparecer en cualquier momento? Me decidí y volví a avanzar. Miraba sin ver y de pronto me encontré del otro lado de la cortina. Lo noté por la luz: era diferente; estaba atenuada, como un campo de madrugada. Y de pronto el aire se condensó y el calor y humedad invadieron el ambiente. Volví a voltearme, la cortina ya no estaba. Sólo la pared del fondo, la pared y la puerta.

Cuando volví a posicionarme hacia delante, la enredadera se había vuelto mucho más espesa y por lo menos doblegado sus dimensiones. Retomé, lentamente, la marcha. Caminaba pesadamente y mi cabeza funcionaba a velocidades astronómicas. Sentí una piedra en el zapato. No, no era una piedra. Bajé la vista y noté que estaba descalza, y que me había tropezado con un lápiz muy pequeño. Me incliné para levantarlo y poder observarlo mejor. Era de una madera clara, sin pintar, con excepción de una pequeña inscripción dorada. 1964 decía, nada más. Entonces a mi alrededor comencé a ver lo que tiempo (¿años?) atrás había vislumbrado de lejos como ramitas: miles de lápices, pequeños bastones de madera con deslumbrantes inscripciones de cuatro cifras. 1966 decía uno, 1954, 19a5, 1944 y 1943; 1982, 1879, 1983 y 1916; 1989, 1970, 1776, 1993; 1997, 2001, 1983, 1976, 1923. Y la lista seguía indefinidamente, con algunos números repetidos, y entre ellos, llenando el espacio con un marrón resquebrajado, pequeñas hojas caídas. Pero curiosamente, las hojas no pertenecían a la enredadera (de finas hojas puntiagudas), sino que tenían una forma romboide y amplia.

Me mantuve inmóvil, en un silencio que hasta entonces no había percibido, durante alrededor de tres minutos. Después seguí mi caminata, lenta e insegura, con un leve malestar al contacto de mis pies descalzos sobre los pequeños lápices de madera. Caminé sin detenerme sosteniendo con firmeza el lápiz de 1964 entre mis manos, hasta llegar a la enredadera. Resultaba curioso que no la veía mejor por estar más cerca. Por el contrario, parecía que no contenía detalle alguno.

Intuitivamente, llevé el lápiz hasta las hojas, y lo introduje entre las finas ramitas. Mi mano se metió unos centímetros también, sufriendo pequeños rasguños a causa de las hojas. Poco a poco, en el intento de llegar más allá de la planta, me encontré medio sumergido en ella. El constante arañazo de las hojas era casi insoportable, y de hecho, ya había considerado hacer marcha atrás, pero, ¿para qué? Atrás no ocurría nada. Además, una vez más, un mal presentimiento me atacaba: esa enredadera me tenía atrapada.

Tomé una decisión impulsiva. Miré por última vez hacia atrás, y con mi mano libre, empecé a trepar la enredadera. Me ayudaba con la otra mano, con la cual no soltaba el lápiz, no sé por qué. Comencé a sentir cómo las hojas se adherían a mi cuerpo y las ramas se enroscaban en mis tobillos, a pesar de ello, seguí subiendo, como podía, durante unos cuatro metros hacia arriba.

Entonces no pude más. Mi cuerpo se encontraba completamente anudado, y sólo mi cabeza y un brazo estaban libres. Pasé el lápiz inscripto a mi mano libre, y comencé a dibujar en el aire, como si ello llevara a algo. Escribí mi nombre repetidas veces. Dibujé una hoja, y el contorno de un auto. Dibujé una puerta, una soga, una espada. Finalmente, escribí 1964. ¿Por qué finalmente? Porque entonces el lápiz resbaló de mis manos, y cuando volví a intentar agarrarlo, se disolvió en aserrín y polvo. Levanté la vista y vi un delgado hilo dorado flotando y retorciéndose en el aire. Se estiró y contorsionó durante unos segundos. Luego, con la caligrafía de la inscripción, trazó el familiar número de cuatro cifras: 1964. De pronto, la planta se comenzó a agitar. Vi el número alejarse hacia arriba, y la habitación iluminarse hasta encandilarme. Se agitaba cada vez más la planta, y yo sentía cómo me envolvía, hasta que quedé completamente dentro de ella. Entonces escuché el ruido de una puerta que se cerró de golpe. ¿La puerta...?

No hay comentarios: