Está todo oscuro, literalmente, salvo por el sutil brillo artificial que se cuela por la rendija de debajo de la puerta. Muchas cosas revuelan en el aire. Palabras que no tienen ningún sentido aparente. Por dentro, muchos colores. Colores psicodélicos, colores plomizos, colores densos y volátiles. Colores fundidos en más colores. Colores fundidos en miradas, en gestos, en simbologías. En manifestaciones, en revelaciones, en meditaciones, en pactos y también en sonidos. Sonidos de voces que piden ayuda y de voces que ofrecen ayuda. Gritos de compasión, de justicia y de unión. Súplicas de paz, de amor y de amistad. Cantos de paz, de amor y de amistad. Cantos felices, llenos de esperanza y expectativa de cambio. También se siente constante, fuerte, repicando, un gotero de sangre, una sierra eléctrica, un aullido fatal, que no permite la liberación completa. Un reloj de arena da cuenta del paso del tiempo. Asusta, porque todo fue en el pasado, mucho tiempo atrás. Pero todavía queda arena por caer…
Por encima de todo, el sonido del silencio. Eco del pasado, proyección del futuro. Desolación y esperanza. Simple profundidad. Y de fondo, una dulce melodía que tararea el viento y trae las soluciones; respuestas que a nadie le conviene y nadie en el fondo quiere conocer (o reconocer)…
A tientas, el agua fría que empieza a despabilar. La energía fluye, líquida, vulnerable. Un espejo. Una visión de profunda simplicidad. Vigilia total, y un silencio vacío. Sólo el eco de un recuerdo difuso, de algo que pasó hace ¿en verdad tanto tiempo? Y los sonidos exteriores, cada vez más reales. Ensordecedores susurros que con sus punzantes figuras de colores y sombras dan paso a un nuevo día y una completa difuminación de la vigilia real. Esa vigilia que cada vez más se aleja del sueño de la paz, y convierte la música armoniosa y perfecta en una tormenta de ruido, los deseos de un futuro mejor en la completa desesperanza. Por suerte, La Melodía no se rinde, espera, paciente, a que la humanidad despierte de su triste hibernación, para que su armonía reviva las respuestas, traídas por el viento. El viento que nunca deja de soplar.
A Joan y John
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