viernes, 23 de octubre de 2009

Clavate un churrasco

Un pie. Un pie asquerosamente limpio. Un pie enredado en una tela, y un cuerpo pegado al pie. No es tan grande, pero tampoco estamos hablando de un pie infantil. El pie está forzado, está cansado. El pie se mueve, incontrolado. Se revoluciona. Sube, baja, tiembla, vibra, salta, corre, no para. Se lanza de un lado a otro, enloquecido, y el pobre cuerpo apenas llega a seguirlo. Lo agarra. Lo retiene, un segundo o dos, para salir disparado de nuevo. ¡¡Qué pie alegre!! No puede, no puede. No se calma. Pero lo que pasa, y el cuerpo no lo sabe, es que adentro del pie hay aceitunas. Aceitunas y monitos que comen las aceitunas, y que después de comerlas, rebosantes de gozo, bailan, juegan carreras y hasta tocan la batería (con mucho ritmo, debo decir). Entre tanto el cuerpo, pegado al pie, ya no está enredado. Ahora acaba de decidir que nunca más va a comer aceitunas.

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