Hoy tocó caminar mucho. De un lugar a otro. Todo el tiempo. A la noche, antes de volver, había que caminar como cuatro cuadras en una zona horrible, fría y silenciosa. Después había que tomarse el colectivo… ¡Ahí pasó! Pucha, ahora hay que esperar veinte minutos. Cloc cloc cloc, el reloj en la cabeza. Subirse al colectivo. Por suerte había lugares vacíos. Uno individual, ¡qué bueno! Una vez sentada, hay que sacar el libro (La hierba roja) y releer un toque para entender en qué andábamos. La concentración suele superar el movimiento de turbulencia y la escasez de iluminación, así el viaje se hace mínimo. Ya casi hay que bajar. Una mujer está parada con cara de agotamiento, mejor sería dejarle el asiento. La otra, re agradecida. Y bueno, qué importa. Habría que ir cerrando el libro. Un señor con cara simpática lo observa detenidamente. Es re lindo que pase eso, es como estar compartiéndolo. Bueno, en la próxima hay que tocar timbre. “Si te gustó ese libro, leé también El lobo-hombre y Que se mueran los feos, son buenísimos”, “Sí, tenía pensado leerlos, pero es el primero de Boris Vian que leo y me lo recomendaron para empezar. ¿Este te gustó?”, “Mucho, son muy buenos, soy un gran fanático… bueno, ya me bajo (yo también), buenas noches”. Nada más.
Esas sutilezas que traen buen humor.
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