Sucedió en esas habitaciones de las casas de algún pariente en las cuales desde la infancia que no se entra. Sucedió que de pronto se abrió una puertita, una caja, un cajón, se descubrió un estante, se corrió un papel o un pañuelo; y ahí estaba. Esa maravillosa flor azul, que algo mágico sin duda tenía, esa tacita pintada a mano, esa vela artesanal, esa cajita de música... Esas cosas que transportan en el tiempo instantáneamente. Que transportan a momentos claves; segundos de asombro, curiosidad, vergüenza e intrepidez; momentos en los que, de niño, se descubre algo, algo muy especial, esa flor azul de plástico, esa cajita de música, esas cosas tan simples y a la vez tan perfectas, tan especiales. Son esas cosas que están ahí pero no son para vivir agarrados, son para mirar medio disimuladamente, como si fuese un secreto compartido con el objeto, una complicidad, porque, ¿quién más podría entender lo especial que es? Y entonces, al abrir ese cajón, al correr ese papel amarillento, al correr ese libro del estante, sucedió. El encuentro con el objeto cómplice, y entonces, la desilusión: la cajita de música, desafinada, la tacita, descolorida, la flor azul, berreta. La desolación, la nostalgia, la asombrosa tristeza. Es solo un momento, o un par de minutos, para luego seguir con la vida; pero ese momento significa algo, porque se reavivó la intrepidez de la inocencia, porque por unos segundos, esa sonrisa nostálgica devuelve la complicidad infantil y el tan singular apego al objeto. ¿Qué tenías de mágica, flor azul de maceta?, ¿dónde se fue esa magia? Ah, l’enfance...
lunes, 14 de diciembre de 2009
Flor azul de plástico
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