viernes, 7 de agosto de 2009

Un señor al que no le suelen pasar cosas normales I-

Está sentado, algo incómodo en la dura butaca del comedor de la casa de campo. Tiene mucha hambre y poca expectativa respecto a las habilidades culinarias de la dueña de casa (si sólo se viera cuan descuidadas están sus plantas… ese definitivamente era un factor decisivo). Todo está tranquilo, pero como siempre que todo está tranquilo termina pasando algo, el señor que está sentado, algo incómodo en su dura butaca, espera, cauteloso, la catástrofe. Entran, cargando las bandejas, la dueña de casa con ayuda de sus hijas (todas jovencitas y solteras, aunque el señor que está sentado en la dura butaca no está seguro de si las jovencitas ya se encuentran en edad de pensar en el matrimonio o apenas comienzan la pubertad). Al señor que está sentado en la dura butaca le cuesta mucho sensibilizarse con las jovencitas. Tiene cincuenta y tantos años y vive solo hace al menos diez. Durante la adolescencia asistió a un colegio de hombres y no tiene hermanas menores. Tampoco tuvo ninguna hija (ni hijo tampoco, pero no viene al caso), ya que estuvo casado por menos de dos años.
Volviendo a la situación puntual… El señor está sentado y la dueña de casa y sus jóvenes hijas llegan cargando bandejas con comida y platos con sopa. Dejan a un lado las bandejas y sirven la sopa. Al señor que está sentado en la butaca dura comienza a impacientarle la lentitud y torpeza con la que las anfitrionas se desplazan en el espacio. Un joven que está sentado en la mesa con gesto nervioso, también parece impacientarse. Su bigote, que no tendrá más de tres años (es apenas una fina capa de pelusa), baila y se mueve, al tiempo que sus pobladas cejas recitan incomprensibles frases de poetas y filósofos en griego antiguo. El dueño de casa habla solo, mirando al vacío. Mentira, le habla al gato. Pero el gato está durmiendo en la cocina, el que en realidad está cerca es el pajarito, pero solo entiende si le hablan en jeringoso… El señor que está sentado en la butaca dura está incómodo en todo sentido y se quiere ir de ahí, quiere salir corriendo. Pero llueve.
El plato con sopa del señor que está sentado en la silla dura llega a su destinatario, y al tiempo que la dueña de casa y sus jóvenes hijas se sientan, todos empiezan a comer. “Está fría, seguro está fría… Sí, efectivamente, está fría y casi podría decirse que insípida. Esas torpes, inútiles… ojalá que nunca se casen” Estos pensamientos venenosos rondan por la mente de este señor cuando el mal humor y el hambre se combinan en su interior. La sopa… ¿Qué tiene la sopa? Entre los pedacitos de papa y zanahoria pareciera que flotan hombrecitos… Sí son hombrecitos, efectivamente. ¿Qué hacen? Pareciera que bailan una rumba. O más bien una especie de Rock n’ Roll cincuentoso. Saltan entre pedazos de verdura, se tiran de cabeza y emergen con una sonrisita pícara y una mirada suspicaz. “Yo sabía que se venía algo raro… ¿Y ahora qué carajo hacen?”. Los hombrecitos de la sopa empiezan a formar una ronda y a girar. Se forma un pequeño remolino en el plato del atónito señor de la butaca dura. El remolino se hace cada vez más grande, y empieza a salpicar fuera del plato. La dueña de casa reprende a su invitado por la falta de educación en la mesa ¡Pero si será posible! ¡Ir por ahí salpicando sopa en mesas ajenas! Ella no ve a los hombrecitos. Ellos están como locos: giran, gritan palabras incomprensibles, probablemente onomatopeyas excesivamente largas, agitan los brazos y sacan la lengua groseramente. Ya es una especie de tornado lo que formaron, un tornado de sopa de verduras. Algunos se caen de la sopa y empiezan a correr alrededor del plato. ¡Qué descontrol!
Una nube amarilla cubre el cielo de los hombrecitos. De pronto estos, junto con los restos de sopa salpicada, son volteados. Cuando ella (al parecer la jovencita más diligente y menos torpe) retira el trapo con el que acababa de secar, los hombrecitos habían desaparecido. Y todo parece normal de nuevo. “Fue sólo una ilusión”. Un hombrecito sentado sobre el salero vocifera un yodel extremadamente desafinado, mientras se balancea sobre sus talones. “Esto es suficiente”. El señor que estaba sentado en la butaca dura ahora está parado. Pone sobre su hombro al hombrecito cantor, y sin saludar ni dar gracias, se apresura a retirarse del comedor, del vestíbulo, de la casa, de la localidad, de vuelta a la ciudad, porque ahí son todos como él…
… Están todos locos.

1 comentario:

aleacim dijo...

nana na. lo escribiste vos mi amor?
el mejor. lejos