Pimienta se abrocha el saco azul y entra en la estación de subte, pide amablemente al hombre gordo del mostrador un boleto de ida y se encamina al andén. La joven Pipa es flaca como un fideo y su mirada parece amistosa, pero es tan fea como pocas veces se ha visto. Ya estaba sentada cuando Pimienta se acercó y con un leve y cortés movimiento de cabeza la saludó, sentándose a su lado un momento después. Pipa saca de su cartera un libro muy viejo y desvencijado y se pone a leer, intentando que las hojas no se salieran de la encuadernación. Pimienta tamborilea con sus pulgares, apoyando las manos sobre la falda, con muchas inquietudes en la cabeza y la típica prisa por llegar a casa que ataca a cualquiera a las siete de la tarde.
“¿Hace mucho esperás?”, Pipa asiente con la cabeza y dice con una voz que parecía muy potente para su minúsculo tamaño: “Como diez minutos. Igual no es raro, un día puede tardar un minuto y medio, otro día dos horas, ¡qué sé yo! Ya no se puede confiar en la precisión de la que tanto hablan, qué tanta palabrería, aumentan los impuestos, dicen que hacen mejoras pero todo va para abajo, yo no puedo vivir así. Siempre le digo a Tita que hizo más que bien en irse de la ciudad, mejor vivir en un pueblo chico, claro que sí, ahí no tenés apuros, te podés tomar tu tiempo. Así no te das tanta cuenta de las deficiencias del sistema… Yo debería haberme ido al campo hace mucho, mucho tiempo. Pero no, sigo acá, atada a un trabajo que no me gusta y que a penas me sirve para pagar las expensas del edificio…”. Con sus quejas y lamentos sigue por un rato, arrugando el ceño y la nariz, y así pareciendo más fea todavía. Pimienta se había puesto más impaciente, sólo quería un dato concreto, y se había ganado un monólogo depresivo que era más bien un amargado desahogo mental del cual ella era la única víctima, manifestado por una joven a la que nada le venía bien. Pimienta se sorprendió de lo amargada que podía vivir una persona tan joven.
Los quejidos de Pipa de pronto son sofocados por un aviso del altoparlante: “Señores pasajeros, lamentamos mucho los inconvenientes, es que tenemos un problema con el desagüe de los baños de la estación Carlos Gardel y momentáneamente tuvimos que detener el sistema de subterráneos. En breves momentos reanudaremos con el sistema de transportes. Desde ya, muchas disculpas por cualquier inconveniente ocasionado. Esperamos que tengan muy buenas tardes y que sonrían que todavía es gratis y hace bien”. Pimienta mira el reloj indignada y advierte que Pipa está a punto de largar una nueva tribulación, pero esta vez se le adelanta: “¿Qué leés?”. Pipa sonríe, le gusta que se interesen por ella, no es algo normal. “Es de música, estudio en el Conservatorio Nacional y toco el violonchelo, pero también tiene su parte teórica, y acá está”. Las dos mujeres se presentan y luego mantienen una simpática charla, más feliz que la primera impresión, por alrededor de diez minutos.
Se escucha un traqueteo y una sirena y el subte se estaciona en la estación. Pipa y Pimienta suben. El viaje es silencioso, algún comentario por acá, otro por allá, pero nada trascendental. Se acerca la estación de Pimienta, saluda a Pipa con un beso en cada mejilla y baja a toda prisa del tren, perdiéndose entre la muchedumbre. Pipa se queda sentada, mirando al vacío, mientras que el vehículo se aleja por los túneles subterráneos.
Pimienta y Pipa nunca se volvieron a ver.
“¿Hace mucho esperás?”, Pipa asiente con la cabeza y dice con una voz que parecía muy potente para su minúsculo tamaño: “Como diez minutos. Igual no es raro, un día puede tardar un minuto y medio, otro día dos horas, ¡qué sé yo! Ya no se puede confiar en la precisión de la que tanto hablan, qué tanta palabrería, aumentan los impuestos, dicen que hacen mejoras pero todo va para abajo, yo no puedo vivir así. Siempre le digo a Tita que hizo más que bien en irse de la ciudad, mejor vivir en un pueblo chico, claro que sí, ahí no tenés apuros, te podés tomar tu tiempo. Así no te das tanta cuenta de las deficiencias del sistema… Yo debería haberme ido al campo hace mucho, mucho tiempo. Pero no, sigo acá, atada a un trabajo que no me gusta y que a penas me sirve para pagar las expensas del edificio…”. Con sus quejas y lamentos sigue por un rato, arrugando el ceño y la nariz, y así pareciendo más fea todavía. Pimienta se había puesto más impaciente, sólo quería un dato concreto, y se había ganado un monólogo depresivo que era más bien un amargado desahogo mental del cual ella era la única víctima, manifestado por una joven a la que nada le venía bien. Pimienta se sorprendió de lo amargada que podía vivir una persona tan joven.
Los quejidos de Pipa de pronto son sofocados por un aviso del altoparlante: “Señores pasajeros, lamentamos mucho los inconvenientes, es que tenemos un problema con el desagüe de los baños de la estación Carlos Gardel y momentáneamente tuvimos que detener el sistema de subterráneos. En breves momentos reanudaremos con el sistema de transportes. Desde ya, muchas disculpas por cualquier inconveniente ocasionado. Esperamos que tengan muy buenas tardes y que sonrían que todavía es gratis y hace bien”. Pimienta mira el reloj indignada y advierte que Pipa está a punto de largar una nueva tribulación, pero esta vez se le adelanta: “¿Qué leés?”. Pipa sonríe, le gusta que se interesen por ella, no es algo normal. “Es de música, estudio en el Conservatorio Nacional y toco el violonchelo, pero también tiene su parte teórica, y acá está”. Las dos mujeres se presentan y luego mantienen una simpática charla, más feliz que la primera impresión, por alrededor de diez minutos.
Se escucha un traqueteo y una sirena y el subte se estaciona en la estación. Pipa y Pimienta suben. El viaje es silencioso, algún comentario por acá, otro por allá, pero nada trascendental. Se acerca la estación de Pimienta, saluda a Pipa con un beso en cada mejilla y baja a toda prisa del tren, perdiéndose entre la muchedumbre. Pipa se queda sentada, mirando al vacío, mientras que el vehículo se aleja por los túneles subterráneos.
Pimienta y Pipa nunca se volvieron a ver.
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