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martes, 28 de abril de 2009

Mañana campestre

Un extenso pastizal, con herbajes muy altos y nada más por varios kilómetros. En algún lugar remoto, escondido entre los matorrales, un pequeño grupo de seres alegres y cantarines. Mate dulce y amargo circula entre el gentío. El aroma a pasto húmedo y quién sabe qué más impregna el aire. Una explosión de colores y estampados varios, que toma forma de diversas polleras, pantalones acampanados o pintados a mano, guirnaldas y coronas florales. También contrastan blusas o camisolas blancas acabadas artesanalmente, y extremadamente sueltas, o poleras remendadas, verdes o naranjas, extremadamente apretadas.
Una guitarra parafrasea, mediante simpáticas melodías y compases, la locura, la alegría, la paz, el amor, el optimismo y la vagancia que se respiran en el ambiente. Sonrisas que se mueven en cámara lenta. Suenan carcajadas de las que aún hoy podemos escuchar el eco, un suave resonar que, esperemos, nunca se apague. Esas fervorosas almas con ganas de cambiar el mundo, de revolucionarlo y hacerlo cada día mejor. Esa creencia en el amor al mundo, a la tierra y a los demás, que puede contra todos los males. Esa convicción de que todo es posible si nos lo proponemos…

Ahora nos encontramos en la fría y gris ciudad. Una mañana silenciosa y húmeda. Una calle angosta y oscura. El insólito joven de piernas largas envueltas en pantalones apretados con tiradores, camisa rayada tres talles más chica y camperón de corderoy, camina a paso lento. Su gran melena enmarañada ondea; no tiene un camino definido, simplemente vaga, capaz la misma calle lo termina orientando. Se equivoca de camino: así no va a lograr escaparse de la urbanización. La gente pasa a su alrededor, ensimismada. Sacos cansados y tristes. Miradas gastadas y descosidas. El desorientado joven los mira pasar.
Un auto pequeño, destartalado y viejo (puede ser que haya sido un Fitito pero, admito, no los sé reconocer) estaciona frente a la plaza, y un extravagante enjambre de personas y artilugios diversos sube, con menos espacio del necesario. El baúl abierto, rebalsante de cosas raras, el portaequipajes cargado al máximo, dándole al pequeño auto el doble de altura que el natural… Esto no tiene nada que ver en realidad, pero era lindo describirlo.

La cosa es que ahora la imagen cambió de nuevo. Nos encontramos nuevamente en un paisaje campestre. Esta vez se trata de un camino que se pierde en el horizonte. A un lado del camino, el joven que antes se encontraba perdido en la ciudad espera, un par de valijas a su lado, sus tambores en un bolso sobre el hombro. Pasan muchos autos a velocidades extremas para el tipo de suelo. Puede ser que haya pasado ese auto pequeño, destartalado y viejo, pero lo sugiero como simple posibilidad, no estoy segura.
Se acerca a una velocidad más razonable una camioneta abollada, descolorida y bastante sucia. La misma gente que antes descansaba entre los pastos altos, con la misma guitarra acompasada, la misma vaguedad y la misma locura subidas a la cabeza y manifestadas en sus miradas despreocupadas. Ríen, cantan y toman mate, sentados en la parte sin techo de la camioneta, piernas y brazos afuera, unos arriba de otros, formando una fusión de colores y formas que alegra a cualquier mirada. “No tenemos mucho lugar, pero dale, ¡subí!”.
Una guitarra parafrasea, mediante simpáticas melodías y compases, la locura, la alegría, la paz, el amor, el optimismo y la vagancia que se respiran en el ambiente. Sonrisas que se mueven en cámara lenta. Suenan carcajadas de las que aún hoy podemos escuchar el eco, un suave resonar que, esperemos, nunca se apague. El equivocado era el camino, porque el joven de la gran melena ya se escapó. Y por el camino se alejan los jóvenes de ayer. ¡Vuelvan por favor! ¡No nos abandonen!


¡Gracias Meg por los aportes y la linda charla de ayer!
¡Gracias jóvenes de ayer!

Mañana campestre
perfumada de azahar.
Un gorrión se escapa de tu voz,
en el río la cara de los dos.
Y el viento nos cuenta
la historia de un lugar.
Corramos al bosque
a preguntarle a un nogal
si es verdad que llueven rosas de cristal,
si la luna se ha ido a pasear.
Y el viento nos cuenta
la historia de un lugar


Arco Iris