miércoles, 4 de noviembre de 2009

Tensión en el 168

"Uno veinte por favor". Todos observan al estrepitoso cuarentón recién llegado. Él, completamente distraído, avanza, tropezando torpemente con un grupo de estudiantes, provocando la caída de una anciana. Se apoya en una baranda y cabecea. Se siente observado. Disimuladamente, gira la cabeza. En efecto, una nena de cuatro o cinco años lo mira fijamente. El viajero se pregunta cómo puede estar tan callada y quieta. No importa. Otras cosas atormentan su cabeza. La ciudad, ciudad de lazos, ciudad de redes. Ciudad de pobres corazones. Ciudad de la que no puede escapar ni física, ni mentalmente, y hasta tampoco de manera espiritual. Lo atormenta. El estrés habitual. Un zumbido eterno e intermitente. Pero entonces todo se evapora. Todo es reemplazado por una creciente inquietud. Los infantiles pero fatales ojos son agujas en la nuca del transeúnte. Se vuelve para observarla. La niña parpadea, pero no deja de mirarlo. El hombre está muy inquieto. Sus manos comienzan a temblar. Vuelve a tropezarse, esta vez, con sus propios cordones. ¡Que se mueva! ¡Que diga algo, por favor! Entonces, el milagro. Una mujer, presunta madre del pequeño demonio, la agarra en brazos, toca timbre y se dispone a bajar. La niña, sin dejar de observar al consternado hombre, acerca sus diminutos labios al oído de la mujer. Por último, el desgraciado escucha su condena: “Mami, ese señor se parece mucho al abuelo Pedro”. Golpe bajo, bajísimo.

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