viernes, 26 de diciembre de 2008

Siddhartha iba aprendiendo a cada paso cosas nuevas, pues el mundo, para él, se había transformado, y su corazón se hallaba como bajo el efecto de un hechizo. Veía al sol salir tras las montañas boscosas y ocultarse entre las lejanas palmeras de la orilla. Por la noche admiraba el orden de las constelaciones en el cielo y la media luna que, como una barca, flotaba en el espacio azul. También veía árboles, astros, animales, nubes, arco iris, roquedales, hierbas, flores, arroyos y ríos; advirtió el centelleo del rocío matinal en los arbustos, el azul pálido de las altas montañas en la lejanía, el gorgojeo de los pájaros, el zumbar de las abejas y la canción del viento entre los arrozales plateados. Todas estas cosas y mil más, de abigarrada diversidad, habían existido desde siempre: el sol y la luna no habían dejado de brillar desde tiempo inmemorial, y los ríos siempre habían murmurado y las abejas zumbado. Pero todo esto no había sido antes más que un velo efímero e ilusorio a los ojos de Siddhartha, un velo del cual desconfiaba y cuyo destino era ser impregnado y destruido y las esencias se encontraba más allá de lo visible. Mas ahora, sus ojos liberados deteníanse en el plano de lo inmediato y veían y reconocían cuanto era visible, familiarizándose con este mundo sin preocuparse por su esencia ni aspirar a un más allá. ¡Qué hermoso era el mundo para quien lo contemplaba así, sin ningún deseo de explorarlo, con una visión ingenua y de infantil simplicidad! ¡Qué hermosas eran la luna y las constelaciones, los arroyos y riberas, los bosques y las rocas, las cabras y los cárabos dorados, las flores y las mariposas! ¡Qué hermoso y agradable era deambular así por el mundo, tan despreocupadamente y con el corazón abierto a todo lo inmediato, sin recelos de ningún tipo! El sol ardía en la cabeza de otro modo y distintos eran también la fresca sombra del bosque, el agua del arroyo y la cisterna y el sabor de los plátanos y de las calabazas. Los días y las noches eran cortos, y las horas huían con la rapidez de un velero sobre el mar, de un barco cargado de tesoros y alegrías. Siddhartha vio una gran familia de simios avanzar por la cúpula verde del bosque, saltando entre las ramas más altas, y oyó unos chillidos de salvaje impaciencia. Vio un carnero perseguir a una oveja y fecundarla. Entre los juncos de un estanque vio luego un lucio hambriento que se lanzaba a la casa nocturna y, ante él, un nutrido cardumen de brillantes pececillos que huían despavoridos y a la desbandada, mientras el impetuoso cazador iba trazando fugaces remolinos al agitar el agua con una pasión y una furia irresistibles.

Todo esto había existido siempre, mas Siddhartha no lo había visto: su espíritu se hallaba ausente. Pero ahora estaba allí, formando parte de esas cosas. Por sus ojos se filtraba la luz y la sombra; la luna y las estrellas relucían en su corazón.



Siddhartha, Herman Hesse

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